lo que no te mata


"Si te estás muriendo, lárgate. Si estás sufriendo, muévete.
No existe más ley que la del movimiento."

A. Nothomb, Ni de Eva ni de Adán



La escena que cuenta es habitual en su casa. A ella se le vuelca un vaso con agua; él la insulta. Ha habido situaciones peores. Quizás por eso levanta los hombros y dice que no importa, que lo que no te mata te hace más fuerte.

Me quedo pensando en que es un dicho sinuoso. En que hay formas de morirse que pueden durar lo que una vida; en todo lo que no te mata pero te va matando.Y sin embargo, impugnar la frase de una es un error, porque es verdad que hacemos cosas valiosas con la mierda que nos sucede. Es verdad que hay modos del milagro que florecen en tierra inhóspita, arrasada. Y ese no es un trabajo para desestimar.

Pero también es cierto que muchas veces el lenguaje juega a favor del que gana. De aguantar. De no discutirle a lo que pasa, de no moverse, porque parece que algo de eso que (esta vez) no te mata, casi casi fuera ganancia, zafaste, sos más fuerte ahora.

Falta saber fuerte para qué. ¿Para valerse, para no esperar (tanto) del otro? De acuerdo. Pero el dicho, en estas circunstancias, dice más: dice que lo que no te mata ahora te hace más fuerte para aguantar más de esto mismo mañana.

Esa fuerza es poca cosa. La que interesa es la fuerza de pensar y moverse, de no aguantar: no porque nos falte aguante, sino porque no hay razón para quedarse ahí donde algo amenaza con matarnos, más o menos literalmente. Incluso si esta vez no lo logra. Pienso: lo que no te mata te avisa que estás a tiempo de otra cosa.




La imagen es de Christian Dotremont (Tervuren 1922 - Tervuren 1979), Tinta roja sobre papel, 1968.






lecturas: La analfabeta - relato autobiográfico, de Agota Kristof


La memoria


Me entero por los periódicos y la televisión de que, atravesando la frontera suiza clandestinamente en compañía de sus padres, ha muerto de frío y de agotamiento un niño turco de diez años. Quienes los "pasaban" los dejaron cerca de la frontera. No tenían más que seguir recto hasta el primer pueblo suizo. Caminaron durante varias horas a través del bosque y la montaña. Hacía frío. Al final, el padre cargó con el hijo a su espalda. Pero ya era demasiado tarde. Cuando llegaron al pueblo, el niño había muerto de cansancio, de frío y de agotamiento.

Mi primera reacción es como la de cualquier suizo: "¿Cómo se atreve la gente a aventurarse en viajes así con niños? Tanta falta de responsabilidad es inadmisible." La reacción es violenta e inmediata. Un viento frío de finales de noviembre penetra con violencia en mi habitación bien caldeada, y la voz de mi memoria se eleva en mi interior con estupefacción: "¿Cómo? ¿Te has olvidado de todo? Tú hiciste lo mismo, exactamente lo mismo. Y tu hija era casi una recién nacida."

Sí, me acuerdo.

Tengo veintiún años. Estoy casada desde hace dos años y tengo una niñita de cuatro meses. Atravesamos el límite entre Hungría y Austria una noche de noviembre, precedidos por un pasador de fronteras. Se llama José, lo conozco bien.

Somos un pequeño grupo compuesto por una decena de personas, varias de las cuales son niños. Mi hijita duerme en los brazos de su padre, y yo llevo dos bolsas. En una de las bolsas hay biberones, pañales, ropa para cambiar al bebé; en la otra, diccionarios. Caminamos en silencio detrás de José durante más o menos una hora. La oscuridad es casi total. A veces proyectores y cohetes lo iluminan todo; oímos petardos, tiros. Luego regresan el silencio y la oscuridad. 

Al final del bosque, José se detiene y nos dice: -Estáis en Austria. No tenéis más que caminar recto. El pueblo no está lejos.

Abrazo a José. Todos le damos el dinero que tenemos, al fin y al cabo este dinero no tiene ningún valor en Austria. 

Caminamos por el bosque. Mucho rato. Demasiado rato. Las ramas nos arañan la cara, caemos en los hoyos, las hojas muertas nos mojan los zapatos, nos torcemos los tobillos con las raíces. Encendemos algunas linternas, pero solo iluminan pequeños círculos; y los árboles, siempre los árboles. Sin embargo, ya tendríamos que haber salido del bosque. Tenemos la impresión de estar caminando en círculo. (...)

De repente, una luz potente nos ilumina y una voz dice: -¡Alto!

Uno de los nuestros dice en alemán: -Somos refugiados.

Los guardias fronterizos contestan riendo: -Nos lo imaginábamos. Venid con nosotros.

Nos llevan hasta la plaza del pueblo. Allí hay un montón de refugiados. Llega el alcalde: -Los que tengan niños, que den un paso hacia adelante.

Nos alojan en la casa de una familia de campesinos. Son muy amables. Se ocupan del bebé, nos dan de comer, nos dan una cama.

Curiosamente, son pocos los recuerdos que conservo de todo aquello. Es como si todo hubiera sucedido en un sueño o en otra vida. Como si mi memoria se negara a recordar ese momento en el que perdí una gran parte de mi vida.

Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo, ese día, ese día de finales de noviembre de 1965, perdí definitivamente mi  pertenencia a un pueblo.


Agota Kristof, La analfabeta - relato autobiográfico, Alpha Decay, Salamanca, 2015





lecturas: Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis, de François Jullien





"'Proponer' como lo hago aquí es simplemente -modestamente- 'poner adelante'. Elaboro conceptualmente coherencias extraídas del pensamiento chino para ponerlas delante del psicoanálisis a fin de que este reflexione. Pongo enfrente, pero no comparo. Porque comparar implicaría poseer un marco común dentro del cual, arrogándonos una posición más elevada, ordenaríamos entre lo otro y lo mismo y los yuxtapondríamos. ¿En dónde estaría entonces -qué contorno tendría- esa referencia que compartirían a la vez el pensamiento chino y el psicoanálisis? Además, si comparar se limita a lo descriptivo y por lo tanto es, de alguna manera, pasivo, proponer por su parte es activo y traduce una iniciativa: es intervenir voluntariamente en el seno de lo que puede estar en debate, reconociéndoles a los demás la libertad de tomar en cuenta o no. Yo 'propongo'; a los psicoanalistas les corresponde disponer a su antojo si estas posturas les dicen algo."


François Jullien, Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2013.

afuera



suena un pájaro
mi hija se destapa
en su cama, el padre
duerme el cansancio de andar
la noche pulsa debajo
son las cuatro cuando suena
el pájaro de mal agüero
ya nadie usa el fijo pienso
en la muerte
es viejo mi viejo
pero está ahí habla
no es él esta vez
el muerto

me quedé afuera perdí
las llaves dice
entonces somos dos afuera
de la noche,
y un pájaro



imagen de Koho Shoda



lecturas: Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg





"(...) Así es mi oficio. Normalmente, no da mucho dinero, es más, para vivir siempre hay que hacer otro trabajo al mismo tiempo. A veces también da un poco: y tener dinero gracias a él es una cosa muy dulce, como recibir dinero y regalos del ser amado. Así es mi oficio. No sé mucho, digo, sobre el valor de los resultados que me ha dado y que podrá darme, o mejor dicho, de los resultados obtenidos conozco el valor relativo, aunque no el absoluto. Cuando escribo algo, suelo pensar que es muy importante y que yo soy una gran escritora. Creo que a todos les ocurre igual. Pero hay un rinconcito de mi alma donde sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, una escritora pequeña, muy pequeña. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho. (...) Lo que sí es importante, en cambio, es tener la convicción de que es justamente un oficio, una profesión, algo que se hará toda la vida. Pero, como oficio, no es broma. Existen incontables peligros además de los que he mencionado. Estamos continuamente amenazados por graves peligros en el mismo instante de redactar nuestra página. Existe el peligro de ponerse de repente a coquetear y a cantar. Yo siempre tengo unas ganas locas de ponerme a cantar, debo contenerme mucho para no hacerlo. Y está el peligro de estafar con palabras que no existen de verdad en nosotros, que hemos encontrado por casualidad fuera de nosotros y que reunimos con destreza porque hemos llegado a ser bastante listos. Está el peligro de pasarnos de listos y estafar. Es un oficio bastante difícil, como véis, pero es el más bonito del mundo."

Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes, Acantilado, Barcelona, 2002.


promesa

Es un bosque de coihues jóvenes pero quién diría.
Los árboles son flechas lanzadas de raíz
que aciertan
y también caen.

Hay más,
hay olores mudos entre las ramas
por es importa tocar
la elegancia azul del enebro.
Inclinada la nariz en pequeña reverencia,
el llantén se despierta
con un roce de los dedos.

A la vuelta, después de la cerca,
el verde cambia
de escala.
Ella muestra su huerta con el pie.
Señala con el borcego: acelga tomate remolacha.
Dice me crece papa,
no la planto y no la riego pero igual me crece,
mientras corta al paso una ramita de apio.

Yo persigo ese olor en el aire.
Camino en fe desde la mañana,
me doy cuenta ahora,
detrás de una promesa
de sopa.







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