diciembre: genealogías


Se cuenta que Fermina Duca atendía con su marido una pulpería en el pago de los Santos Lugares. Una tarde entró un guapo al boliche. De callado entró, pero como no andaba el patrón a la vista, quiso pasarse. Ella se hizo la sota un momento mientras calculaba sus opciones y cuando la cosa se puso fulera le revoleó un sifón por la cabeza.
Fermina era mi tatarabuela.

Mi bisabuela Corina trabajaba en la casa. Mucho. Dicen que entraba al gallinero con un canasto y, cuando salía, les anotaba la fecha a los huevos con un lápiz de carpintero para consumirlos en orden.
A la mañana ponía la ropa a blanquear en las bateas y se iba a hacer el almuerzo. Después de comer, parece que sentaba a las seis hijas a bordar vainilla en la ropa interior. Para que la dejaran dormir un rato.
Me imagino la escena y encuentro pocas cosas tan de vanguardia como defenderse la siesta.

Mi abuela Cora y yo charlábamos mucho. Me emocionaba de ella su pasión por entender, así la nombro ahora. Un impulso de buscar y preguntarse por lo humano que se llamó logosofía y religión y runas y tantas otras cosas. Me acuerdo que en una época me leía el aura.
Una vez que yo andaba de mal de amores me dijo Nena, no te preocupes, los hombres nunca pasan de edad mental siete. 
Pero no había enojo en su decir, no había sarcasmo. Tampoco decepción. Era como constatar la temperatura del viento en la piel o el color de un eucaliptus. 
Pienso ahora que esa era una forma de nombrar el punto de desencuentro que toda relación supone. Lo que no tiene caso pedirle al otro, del género que fuera, simplemente porque eso no hay, porque no nos puede ser dado. Las imposibles peras del olmo.

Es tiempo de jazmines. Cora cumple el sábado 95 años y aunque ya no charla, todavía se deja mimar. Yo le agradezco con ese otro modo de la conversación que es la memoria.

noviembre: cuento

Gato y Bolita

Gato era el dueño del patio y eso era algo que nadie discutía. Las baldosas, el sol, la pelota eran de su exclusiva propiedad.
Toleraba que hubiera otros porque a veces estar solo se volvía aburrido, pero dejaba muy claro que era porque él quería, y solo por eso, que prestaba el sol o las baldosas. De la pelota, ni hablar.
Un día llegó Bolita al patio. Gato lo miró, curioso. Esperaba un gesto que le confirmara que aceptaba las normas del lugar, pero Bolita era tan, tan tímido que no se acercó para pedirle permiso a Gato para existir en sus baldosas.
Gato tardó poco en odiarlo por eso. Por eso y porque era oscuro y redondo.
Lo encaró. Bolita se hizo bolita en la esquina con menos sol del patio. Más se acurrucaba Bolita y más se enojaba Gato. Más lo provocaba Gato y más enmudecía Bolita.
Así pasaron unos días, la bronca de uno engordando con el silencio del otro. Hasta que una mañana en que el sol estaba especialmente hermoso y difícil de compartir, Gato se hartó.
De Bolita, de su presencia muda, de las baldosas que había que defender todo el tiempo, y probablemente se hartó también del sol y de sí mismo.
- Bolita- le dijo- peleá.
Nada.
Volvete a tu país. Ponete a coser. Aprendé a hablar, Bolita
Las palabras salían de su boca como trompadas y, como no lograban apoyarse en el silencio,volvían sobre su cabeza pesadísimas, desconcertantes.
Gato juntó bronca de antes y de ahora. Con todo el odio que tenía preparó un pie y disparó un patadón.
Bolita, que estaba en un rincón, se corrió.
La pierna furiosa de Gato le dio a la pared. Gato se rompió tres dedos. Todavía hoy se asombra de sentir en su pie la fuerza que llevaba esa patada.

Gato enyesado defiende mal su territorio.
Gato sin uñas no juega a la pelota.

Gato abatido disfruta poco la luz del sol.

bella durmiente





Es temerario pretender escribir un cuento que tantas veces se contó, porque qué diferencia haría una versión más. Pero sobre todo es temerario porque es un cuento tan querido.
Y sin embargo.
Parece que de soñar lo que no conviene estamos hechos, de meternos ahí donde nadie nos llama. De la imprudencia también.

En los años del colegio primario tuve una materia que me gustaba mucho: se llamaba "Labores". Hilván, punto cruz, punto atrás, cadenita, vainilla, dobladillo, punto escondido. El trabajo de escritura de este texto me mantuvo, como en aquellos ratos, enredada en una zona de hilos y agujas. La profesora de esa materia era la señorita Amelia. Guardan algo de ella estas páginas.



Los sueños de la bella durmiente - SM Hilo de palabras - 2014 - ilustraciones de Laura Michell

La invitación a embarcarme en este proyecto fue de Cecilia Repetti; la edición (la paciencia), de Sebastián Vargas; las ilustraciones, de Laura Michell. A los tres les agradezco mucho.




Los sueños de la bella durmiente - SM Hilo de palabras - ilustraciones: Laura Michell


Dejo aquí los enlaces con la bella durmiente de Perrault, la de los Grimm, y la sugerencia de que busquen una que es menos fácil de encontrar pero más interesante de leer: la primera versión escrita de la que hay registro, del italiano Giambattista Basile. Se llama Sol, Luna y Talía y es de 1634.
Entre las bellas durmientes contemporáneas recomiendo muy mucho la nouvelle Zarzarrosa, de Robert Coover (Anagrama).

Pero más todavía recomiendo un poco de imprudente alegría para cada quien. 




octubre: descarada (de Susana Aime)


Descarada I

mientras
             sostiene un mundo entre pulgares
llora
la ausencia   del sol
que se merece



Descarada II

acorazonada en la historia
escarbás         en mi pasado
                         de sombras
a carcajadas                  incontenible




veranito de San Juan


Cada invierno me miro en el espejo y estoy segura de que me volví vieja. No es un reclamo sobre la edad ni sobre la belleza, es más bien algo sobre el color. Pienso: este es el año en que esa tonalidad verdosa y deslucida se queda para siempre conmigo.

Me pasa todos los años, y aunque ya lo sepa, en ese instante de certeza soy incapaz de rercordarme la primavera.

Ahora estoy en el Parque Rivadavia. En sandalias. Hay una señora que se abanica, hay cinco chicos trepando el ombú con los cachetes rojos al punto de la explosión. Los vestiditos de las nenas son una fiesta y lo son, sobre todo, porque la semana que viene hará otra vez diez grados y habrá que volver mansitos al pulóver y a las botas. Pero el invierno tiene los días contados y lo sabe: esa es la magia de agosto.

Muchas veces, rodeada de otros que también prefieren el calor, participé de la conversación obligada: qué bueno sería vivir en el Caribe, etcétera. Y yo digo que sí, que qué bueno sería. Pero en el fondo prefiero esta ciudad con cuatro estaciones que me dan la posibilidad de volverme definitivamente vieja en el invierno, y asombrarme cada vez que se asoma, recién nacida, la primavera.


visita a la Feria del Libro de Tandil


Estuvimos con Maricel Santín y Facundo Dipaola en la 11º Feria del Libro de Tandil.

Presentamos "Los oficios del lápiz" y "Derecho al escenario", donde hay un cuento y una obra de teatro de Maricel respectivamente, y "Flor de Loto" y "Navegar la noche", de una servidora. Nos salió así:



Conocimos a Eduardo Rodríguez del Pino, un escultor cordobés, formado en La Plata, exprofesor de La Cárcova, residente de Tandil. Vimos su monumento a Zitarrosa y, al pie de La Movediza, la escultura "lagarto overo". 



Aquí, escultura y escultor.



Y también paseamos. Agradecemos a la organización de la Feria del Libro de Tandil, especialmente a Néstor Dipaola que se ocupó de todo y más.


julio: sitio

                                                                       rodear

                                                                     un durazno

                                            no asumir                                 torpemente

                               que su verdad                                               sea de 

                                       carozo                                                       no despreciarle  

                                    la piel                                                                acorralarle  

                       la pulpa el dulzor                                                        y con las mismas

                                         rendidas                                                armas

                                                de mirar                                 mancharse

                                                                       las ganas                                         

visita al Valle Medio de Río Negro

A fines de junio visité Luis Beltrán y Chimpay, en el Valle Medio de Río Negro. Allí estuve en la Feria Regional del Libro, en el Instituto de Formación Docente y en algunas escuelas.
Van unas fotos para agradecer la invitación y todos los gestos de hospitalidad que tuvieron conmigo.

Así amanece en Luis Beltrán



Las visitas



Encuentre a la autora



mundial

En el año 98, mientras nos sucedía otro mundial, yo trabajaba en una escuela en Villa Santa Rita. 
Por algún motivo que era vital en ese momento y ahora ya no me acuerdo, el día que Argentina jugó contra Inglaterra no podía quedarme a ver el partido con mis compañeros. De modo que salí a un barrio fantasma y esperé el 25.
Llegó. 
Me lo tomé.
Éramos el colectivero y yo. 
Me senté de la mitad para atrás y miré fascinada unas calles que parecían de otra ciudad, de otro planeta.
De pronto, cuando el bondi agarró Avellaneda, estalló un gol enooorme. Sonido surround lo llamamos ahora. La postal se hizo todavía más extraña, porque había mucha vida ahí pero la calle estaba igual de vacía. 
Yo no sabía cuál era el protocolo para estos casos. El colectivero sabía perfectamente: detuvo el bondi, vino, me abrazó y me dijo "bajemos, piba". Y bajé, por supuesto. Sin saber a qué, pero bajé atrás de él. Entonces entró al primer local de ropa que vio abierto y abrazó a otros dos que festejaban frente a un televisor chiquito, acomodado en el mostrador. Vimos la repetición del gol de Zanetti, se hicieron los comentarios de rigor.
Cuando volvimos a subir al colectivo me senté más cerca. Antes de arrancar, el chofer me mostró la foto de su beba. 
El partido terminó 2 a 2 y lo ganó Argentina por penales. 



Ayer escuché el gol contra Suiza caminando por una distópica avenida La Plata. Un flaco que venía de frente me dijo "¿Entendés?, por eso lo quiero a di María", y me señaló hacia el televisor de un bar. Miramos juntos el gol desde atrás del vidrio. Estuve de acuerdo, lo quise a di María, nos despedimos.

Este partido se suma así a la lista extraña y breve de los que voy a recordar, que suelen ser los que no miro. 


Mayo: aniversario

Hace diez años que me dedico a la clínica psicoanalítica. Eso dicen los papeles que encontré esta semana cuando buscaba otros que, desde luego, no aparecieron todavía.

Lo que pasa en un consultorio se reserva estrictamente a ese ámbito por razones que tienen poco que ver con obligaciones o requisitos profesionales. Es otra cosa. Es la intimidad, es el padecimiento, son las búsquedas de alguien. No hay nada que decir (aquí) sobre eso. 

Pero puedo listar algo de lo que me ha pasado a mí en este tiempo:

-me volví realmente buena jugando al Jenga y al Chin
-me tiraron objetos por la cabeza, más de uno
-me hice de una espada (que rehago cada dos meses porque es de cartón, pero conceptualmente es siempre la misma y tiene desde el comienzo el mismo nombre. En sus versiones más sofisticadas, lleva la hoja forrada con papel de aluminio)
-asistí a la generosidad del hospital público y a su doloroso vaciamiento
-fui testigo de la vida abriéndose paso de las formas más insospechadas 
-y llegué a los libros para chicos

Fue en José Pedro Varela y Lope de Vega. Fue con una nena. En el colegio le habían dado para leer un libro y ella estaba tan feliz que me lo trajo. Y me leyó. Todo el rato que estuvimos juntas, ella leyó. 

El problema fue que se llevó el libro cuando la vinieron a buscar. 

La librería más cercana estaba en el shopping Devoto. Fui y pedí Maxi Marote, de Martín Blasco. Y me quedé mirando el sector infantil, que hacía siglos que no veía. Me compré también Rafaela, de Mariana Furiasse, porque me gustaron la primera hoja y la ilustración de tapa.

Los leí esa misma noche. Me pareció que algo de mi escritura podía ser vecina de ese barrio. Me pareció que algo de mi clínica podía ser vecina de esa escritura.

Tanta vida, tanta. Me siento muy agradecida.

Enero: tango



Julepe

Aflojale el verso al zurdo, che piscuí,
mucho ruido, pocas nueces, ningún beso,
si llegaste hasta acá solo para eso
volvete a tomar leche con nescuí.

A otro oído, gavilán, con esas mieles,
hace cuánto que espichó el amor cortés,
palabras que desmienten su revés
cuanto más faroleras son más crueles.

Lo tuyo no es chamuyo, es otra cosa,
impulso del que ve la flor hermosa
y solo piensa que se va a pinchar.

Julepe, amigo mío, así se llama
ese afán de rajar de lo que se ama
por las dudas, para no llorar.
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