Mayo: aniversario

Hace diez años que me dedico a la clínica psicoanalítica. Eso dicen los papeles que encontré esta semana cuando buscaba otros que, desde luego, no aparecieron todavía.

Lo que pasa en un consultorio se reserva estrictamente a ese ámbito por razones que tienen poco que ver con obligaciones o requisitos profesionales. Es otra cosa. Es la intimidad, es el padecimiento, son las búsquedas de alguien. No hay nada que decir (aquí) sobre eso. 

Pero puedo listar algo de lo que me ha pasado a mí en este tiempo:

-me volví realmente buena jugando al Jenga y al Chin
-me tiraron objetos por la cabeza, más de uno
-me hice de una espada (que rehago cada dos meses porque es de cartón, pero conceptualmente es siempre la misma y tiene desde el comienzo el mismo nombre. En sus versiones más sofisticadas, lleva la hoja forrada con papel de aluminio)
-asistí a la generosidad del hospital público y a su doloroso vaciamiento
-fui testigo de la vida abriéndose paso de las formas más insospechadas 
-y llegué a los libros para chicos

Fue en José Pedro Varela y Lope de Vega. Fue con una nena. En el colegio le habían dado para leer un libro y ella estaba tan feliz que me lo trajo. Y me leyó. Todo el rato que estuvimos juntas, ella leyó. 

El problema fue que se llevó el libro cuando la vinieron a buscar. 

La librería más cercana estaba en el shopping Devoto. Fui y pedí Maxi Marote, de Martín Blasco. Y me quedé mirando el sector infantil, que hacía siglos que no veía. Me compré también Rafaela, de Mariana Furiasse, porque me gustaron la primera hoja y la ilustración de tapa.

Los leí esa misma noche. Me pareció que algo de mi escritura podía ser vecina de ese barrio. Me pareció que algo de mi clínica podía ser vecina de esa escritura.

Tanta vida, tanta. Me siento muy agradecida.

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