noviembre: cuento

Gato y Bolita

Gato era el dueño del patio y eso era algo que nadie discutía. Las baldosas, el sol, la pelota eran de su exclusiva propiedad.
Toleraba que hubiera otros porque a veces estar solo se volvía aburrido, pero dejaba muy claro que era porque él quería, y solo por eso, que prestaba el sol o las baldosas. De la pelota, ni hablar.
Un día llegó Bolita al patio. Gato lo miró, curioso. Esperaba un gesto que le confirmara que aceptaba las normas del lugar, pero Bolita era tan, tan tímido que no se acercó para pedirle permiso a Gato para existir en sus baldosas.
Gato tardó poco en odiarlo por eso. Por eso y porque era oscuro y redondo.
Lo encaró. Bolita se hizo bolita en la esquina con menos sol del patio. Más se acurrucaba Bolita y más se enojaba Gato. Más lo provocaba Gato y más enmudecía Bolita.
Así pasaron unos días, la bronca de uno engordando con el silencio del otro. Hasta que una mañana en que el sol estaba especialmente hermoso y difícil de compartir, Gato se hartó.
De Bolita, de su presencia muda, de las baldosas que había que defender todo el tiempo, y probablemente se hartó también del sol y de sí mismo.
- Bolita- le dijo- peleá.
Nada.
Volvete a tu país. Ponete a coser. Aprendé a hablar, Bolita
Las palabras salían de su boca como trompadas y, como no lograban apoyarse en el silencio,volvían sobre su cabeza pesadísimas, desconcertantes.
Gato juntó bronca de antes y de ahora. Con todo el odio que tenía preparó un pie y disparó un patadón.
Bolita, que estaba en un rincón, se corrió.
La pierna furiosa de Gato le dio a la pared. Gato se rompió tres dedos. Todavía hoy se asombra de sentir en su pie la fuerza que llevaba esa patada.

Gato enyesado defiende mal su territorio.
Gato sin uñas no juega a la pelota.

Gato abatido disfruta poco la luz del sol.
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