lecturas: Eros, el dulce-amargo, de Anne Carson



"Debe mantenerse un espacio o el deseo se acaba. Safo reconstruye el espacio del deseo en un poema que es como una fotografía pequeña y perfecta del dilema erótico (...).


Como una manzana dulce se vuelve roja en una rama alta,
alta en la rama más alta, los recolectores la olvidaron
-bueno, no la olvidaron- no pudieron alcanzarla


El poema está incompleto de manera perfecta. Hay una única oración, que no tiene verbo principal ni sujeto principal porque la oración nunca llega a su cláusula fundamental. Es un símil cuyo objeto permanece esquivo porque el comparandum nunca aparece. (...) Lo que está presente es su inaccesibilidad. En cuanto objeto de comparación suspendido en el verso 1, ejerce una atracción poderosa, gramatical y erótica al mismo tiempo, sobre todo lo que sigue; pero no se llega a completar, ni en lo gramatical ni en lo erótico. El infinitivo final solo deja aire entre las manos deseantes, mientras que la manzana que las deslumbra pende perpetuamente intacta dos versos más arriba."



la memoria de las manos

A tiempo sabe 
el peso de una piedra entre las manos.

Pedro Salinas, Largo lamento



Es sábado, la luz que entra por las ventanas es la punta de la primavera que avisa que sí, que ya casi.
Pongo música, voy a cocinar.
Aparece mi hija desde ningún lado y dice muy tranquila: te ayudo. Yo acomodo unas verduras sobre la tabla y, después de pensarlo un momento, le doy el cuchillo. No hace tanto que usa cuchillo, quizás por eso los zapallitos parecen una buena ocasión. Los zapallitos son mansos, se dejan cortar. Empiezo con las indicaciones pero ella me detiene: ya sé cómo es, yo una vez corté un tomate.

Hay algo fundante en eso que dice. Mis manos cortan de memoria; las suyas se acuerdan de un tomate. ¿Cuántos tomates particulares, irrepetibles, tienen que pasar para no recordar ya ninguno, en favor de todas las ensaladas posibles? La distancia en tomates entre sus manos y mis manos parece de pronto un mundo.

Se para sobre su banquito y empieza a cortar. Sin buscarla, se nos arma una conversación de esas que solo pueden tenerse de costado y haciendo otra cosa. No frente a frente, no bajo el peso de la mirada. Caminando por la calle, con la vista perdida en un paisaje que es y no es el mismo que ve el otro, como al descuido: así es como se convocan algunas palabras. También cortando verdura.

Mientras tanto nuestras manos llevan su conversación paralela. Las mías le acomodan lo que va quedando en la tablita, por favor no te cortes. Las suyas me corren, no me molestes, ya te dije que una vez corté un tomate. Es una charla vieja que empezaron en el peine, siguieron en los patines y repiten en un montón de objetos. Pero es nueva cada vez porque las fronteras se corren, cambian de lugar.

La otra charla, la que se dice, madura con la mañana. Metemos la tarta en el horno. Es la hora del mate.




mentholyptus

“Una vez que se fue, cada recuerdo se volvió precioso,
hasta los malos (…). Se volvió un lujo estar irritada.”

Lydia Davis, Ni puedo ni quiero


Nos habíamos peleado al mediodía no sé por qué. Después del postre nos subimos al auto, los dos en el asiento de atrás. Él empezó a cabecear, un poco por el cansancio, un poco por el calor. Se quedó dormido. Yo rumiaba mi furia al costado, lo miraba dormir desentendido de todo y sentía que la bronca me burbujeaba en las manos.

Los domingos se almorzaba fideos en lo de la abuela Lina. Cerca de la una empezábamos a caer y para las dos de la tarde, el lugar era un gallinero alegre de primos y tíos: mucho ruido, mucho vino, en una casa chorizo con patio andaluz, que desentonaba con la evidente tanada de la parentela pero qué bonito era.

Los grandes se enfrascaban en conversaciones que no entendíamos. Las batallas de los chicos: por el triciclo, por quién empezó, por los tirones de pelos, quedaban libradas a nuestra suerte. Alguna de esas habrá sido la que nos enojó a Pablo y a mí. Y es que es más fácil pelearse con el propio hermano que con los primos, que serán familia pero tienen un grado más en el medidor de ajenidad y, por lo tanto, de deferencia. Son cosas que se saben, incluso si una tiene seis años en total, y pocos dientes.

Por lo demás, pelearnos era lo que Pablo y yo mejor hacíamos. Él me mordía, me pellizcaba, venía corriendo desde lejos y se me colgaba del pelo hasta que yo me caía al piso, y un largo etcétera. Yo lo hostigaba con esa cosa desgraciada que es la superioridad moral de los hermanos mayores, pero las piñas me dolían igual.

Después del almuerzo nos metimos en el auto a los gritos, todavía peleándonos. Mi viejo arrancó y unas cuadras después, Pablo se quedó dormido. Yo le pedí a mi papá uno de sus caramelos: un mentholyptus. En general no me daban, me decían que picaban mucho y me ofrecían sugus a cambio, pero debo haber estado insistente porque esa vez me dieron. Cuando lo terminé, agarré el celofán y lo puse con decisión sobre la nariz de Pablo. 

Nos habían prevenido mil veces sobre el asunto del plástico en la cabeza, y aunque eso no era una bolsa, mi hermano era chico: la escala daba bien. Me sentí valiente. Me dispuse a esperar hasta el final.

Mi asesinato le molestó el sueño, se ve, porque me pegó un patadón. Así resolvía las cosas él incluso cuando estaba dormido, y le funcionaba, hay que decirlo. El homicidio quedó en intento, crecimos, los años nos fueron dando otras formas de pelearnos, todas igual de torpes. Y aprendimos a acompañarnos un poco. Como pudimos, como hacen los hermanos.

De esas cosas me acuerdo en estos días.

Pablo está muerto ahora, de una muerte más tradicional, más definitiva también. Septiembre viene y sigue y trae cada año esa fecha y justo detrás, todo lo que vive en la primavera. Entonces a mí me burbujean unas ganas locas de pelearme con él o de abrazarlo, que tantas veces fueron dos nombres del mismo precario modo de quererse.


lecturas: Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra

"Sabía poco, pero al menos sabía eso: que nadie habla por los demás. Que aunque queramos contar historias ajenas terminamos siempre contando la historia propia."

"Es extraño, es tonto pretender un relato genuino sobre algo, sobre alguien, sobre cualquiera, incluso sobre uno mismo. Pero es necesario, también."


"Hoy me llamó mi amigo Pablo para leerme esta frase que encontró en un libro de Tim O'Brien: 'Lo que se adhiere a la memoria son esos pequeños fragmentos extraños que no tienen principio ni fin'.
Me quedé pensando en eso y me desvelé. Es verdad. Recordamos más bien los ruidos de las imágenes. Y a veces, al escribir, limpiamos todo, como si de ese modo avanzáramos hacia algún lado. Deberíamos simplemente describir esos ruidos, esas manchas en la memoria. Esa selección arbitraria, nada más. Por eso mentimos tanto, al final. Por eso un libro siempre es el reverso de otro libro inmenso y raro. Un libro ilegible y genuino que traducimos, que traicionamos por el hábito de una prosa pasable."

ecos (por Paula Galdeano)


Recibí un correo que me puso contenta. Le propuse a quien me lo enviaba que contara eso mismo aquí, en el blog, si tenía ganas. Y por suerte tuvo. Los dejo con la pluma invitada.

Ecos
M., I. y C. han vivido muchos años. Y ahora, a veces, la memoria las deja sin los recuerdos más cercanos, o la palabra exacta no llega en el momento deseado, o algunos días se les tiñen de tristezas. Comparto con ellas un taller de narración en un centro de día. Les leo, les llevo libros que me gustan, les propongo que imaginen cosas con el único requisito de que eso que inventen tenga sentido en el mundo que estén imaginando (resulte verosímil, les diría, si usáramos términos técnicos, pero no los usamos). Ellas se entregan a mis propuestas con la libertad, la experiencia, la impunidad, la sabiduría y la capacidad de disfrutar que les dan sus años y el ámbito que compartimos.
Un día les llevé una versión de Aladino (la de Niroot Puttapipat, de SM, esa que es pop-up). Y hablamos sobre el genio y la lámpara, y después les leí la entrada del blog de Florencia sobre los deseos (adoré esa entrada). Y les pedí que pensaran "asuntos de la naturaleza: esos que no ocurren con demasiada frecuencia y que son bellos de ver", a los que ellas les pedirían deseos. A la luna, fue lo primero que les salió. Y al atardecer, y a un morrón que tiene I. a punto de madurar en una plantita, cuando se ponga enteramente rojo. Se fueron con la tarea de pedir deseos durante toda la semana y traerme la lista de los asuntos de la naturaleza a los que habían pedido (no los deseos, que serían secretos.
Volvieron sin los deberes hechos. El recuerdo de lo bien que la pasamos juntas queda como una impronta imborrable, pero las actividades puntuales para hacer a veces se diluyen a lo largo de la semana. Entonces I. dijo que ella quería compartir su deseo: le gustaría volver a caminar con bastón para poder tomar un taxi (usa un andador y debe movilizarse en ambulancia). Y M. propuso que todas pidiéramos ese deseo a lo que fuera que encontráramos durante una semana. E hicimos el compromiso del deseo conjunto. Y a todas nos pareció en ese instante que éramos tan poderosas como el genio de Aladino.
Seguimos leyendo el blog. Esta vez les propuse que marcaran con diferentes colores a qué les pedía deseos Florencia, cuáles eran los deseos que contaba y cómo los pedía. Y luego, que respondieran ellas una de esas preguntas. Las tres eligieron la de cómo pedir. Pensé que iban a decir algo sobre el secreto y la reserva, pero a las tres les resonó más lo de pedir por el placer mismo de pedir: "con desparpajo; aunque se sepa que no se consigue, no tiene límites", "con esperanza, sin miedo, con ilusión, sin escepticismo", respondieron.
La intensidad de estos ecos de la escritura de Florencia son, creo yo, directamente proporcionales a la calidad y la honestidad de su escritura, que muchísimo agradezco. 
                                                                                                        Paula Galdeano               

las primas


      Es viernes, son las ocho de la noche, estamos en Constitución. La estación es un vértigo. Mi hija me agarra fuerte y me secretea: "Mami, tengo la sensación de que algo va a salir muy mal". Yo me digo que sus palabras son un modo de nombrar lo extraño, lo abrumador de ese sitio que no conoce, y casi me convenzo, pero por las dudas la agarro fuerte yo también y dedico una energía considerable a conjurar el derrape mental materno (DMM: si no está codificado, debería).

      Mis primas tienen una cierta afición por mudarse. Al principio lo hacían con criterio, pero últimamente han terminado en los lugares más improbables. Por eso nos encuentra la noche del viernes subiendo a un tren que nos llevará a Tornquist. Que no es de los trenes nuevos, no, pero tiene su encanto. Los asientos son azules: se reclinan como y cuando les parece, con una autonomía que encuentro muy digna.

      Comportarse como lo haría un viajero sentado en un tren, del lado de la ventanilla, que describiera cómo cambia el paisaje ante su vista: es la regla fundamental del psicoanálisis, la de la asociación libre. Y a mí, que nunca pienso en esta imagen a la hora de hablar en análisis, me resulta una asociación inevitable cada vez que me subo a un tren. Soy de neurosis retobada. Además el vidrio es grueso, está sucio, y la noche es ya muy noche. No se ve un pomo. A las ocho de la mañana, alguien grita "Torquiiii", y yo me alegro de haber llegado y del oportuno alivio de consonantes. Respeto el modo en que cada quien se nombra a sí mismo, también las ciudades. Torqui it is.



      Mis primas son lo más. La del sur viene de Río Negro con sus tres hijos, la de Torqui tiene una nena que estoy conociendo en este viaje, mi hermana y yo vinimos con mi hija. Es decir: la casa se vuelve en minutos un revuelo de pibes y entonces todos los hijos son un poco de todas. Y todas las palabras también, y estamos otra vez en donde lo dejamos. Cuando salgo a hacer una compra, casi espero encontrarme con el paisaje de Chacarita al palo, como cuando nos reuníamos hace años en la casa de Charlone y las nenas éramos nosotras. Entonces pienso que lo familiar no es lo cotidiano, no necesariamente.

      También está el asunto de la taza. Rompo una cantidad considerable de cosas por año. En general, esos episodios producen un poco de sorpresa en el entorno, algún grito, en fin, las narrativas del accidente. En Torqui, rompo una taza con mucha eficiencia, y nadie levanta la cabeza. Incluso me corto un poco un dedo, y me acercan curitas con total naturalidad. Siguen con sus cosas. Fluye la sangre, fluye la vida, fluye. Comparto eso con mi hermana y con mis primas: unas formas de tropezarnos con las cosas que ya nadie discute.

      La vuelta es en micro. Mientras esperamos en la terminal de Bahía, me encuentro inesperadamente con un colega querido. En medio de esas sensaciones siempre un poco erráticas, casi como fuera de foco que producen las terminales, verlo es una alegría. Hace una semana hablábamos de él con una amiga y decíamos "tiene algo familiar", esa fue exactamente la palabra que usamos y aplica, porque lo familiar no es la familia, claro. No siempre.

      Cuando nos acomodamos en el micro, mi hija me dice: "No te duermas, mami, que puedo necesitarte en un rato". Dos minutos después se queda frita. Pero me da un no sé qué que abra un ojo y me encuentre dormida. Entonces, para no dormirme, escribo.

tres deseos


...antes de soplar las velitas. Creo que así es como se ingresa socialmente al juego de pedir deseos. No  de pedirle a alguien como quien reza o confía en alguna entidad superior, sino de pedirlos nomás, soltarlos al aire a ver qué pasa. 

También con los panaderos. Este verano mi hija los encontraba de a dos, de a tres, de a cinco en Córdoba, y los traía para que pidiéramos los deseos juntas. Y resultó un buen juego, porque nos deja compartir el momento y a la vez reservarnos lo que pedimos. 

Ni loca me digas, mami, que si no no se te cumple.

La reserva es la condición para jugar de verdad, porque entonces no tenemos que editarnos las ganas. Como no nos hace falta calcular lo adecuado -lo que una estaría dispuesta a contar, lo que la otra podría escuchar- podemos compartir ese instante serio en que las dos buscamos para adentro, antes de soplar con todo el aire de los pulmones.

Y la primera estrella de la tarde, cómo no pedir ahí también. Que sea feliz, que no se enferme. Y a los tréboles: la cantidad de hojas es lo de menos. Que no se aburra de jugar conmigo. Y a las luciérnagas. Que siempre encuentre motivos para seguir deseando.

A mi hija le pareció que podía continuar la lista a su criterio. Así que empezamos a pedir deseos cuando veíamos un picaflor, cuando el agua del río venía manchada de espuma, cuando... Llegó un momento en que casi cualquier cosa alcanzaba. Si tuviera que pensar unas regularidades, diría que eran asuntos de la naturaleza: esos que no ocurren con demasiada frecuencia y que son bellos de ver.

Me conmueve el desparpajo. La facilidad que tiene para pedir, que viene de la mano de saber que no siempre se consigue. Y que no importa, porque se puede seguir pidiendo. Me alivian, me alegran esos lugares donde la encuentro tan cercana y a la vez tan distinta de mí.

En estos días, pedimos deseos cuando vemos caer hojas de los árboles. Tiene su dificultad porque hay que pensar lo que uno quiere antes de que la hoja se apoye en el suelo; si no, no funciona. Pero nosotras ya estamos cancheras.





bailar, bailar, bailar


suena un tango, la luz está sobrando...

hoy estrené zapatos
azules
podría hacer inventario de dolores
pero voy a decir mejor
que nadie
nadie
me quita lo bailado


https://www.youtube.com/watch?v=DVpXcRYOnQk
los maestros Aldo y Ana Lía

valentín, san


Tuvieron desde el principio un problema de comas.

Él, entre el sujeto y la acción, ponía una coma. Contra toda lógica, contra toda regla. Y no es que no supiera las reglas, o que pensara sin lógica, mucho menos eso: es que tenía un vértigo lingüístico, un miedo a dejarse ir, un cagazo padre, diríamos, en plan de enumerar, ya que para eso, también, sirven las comas.

Ella no soltaba una coma ni por error. Había que pedírselas de rodillas. Y ni así. Puntos sí ponía. Cada tanto. Pero si la coma es morosa, el punto precipita. Un sembrado de oraciones cortas es un rafting de lectura.

No hubo acuerdos ni ecuanimidades sensatas (el punto y coma: síntoma, engendro, mito: hipogrifo de la puntuación).


Las comas son un modo de habitar el tiempo, se sabe.

El tiempo es eso que solo de a ratos puede compartirse. 

libros, perros, niños

          
           1-      Julián

Un libro es un libro. Un perro es un perro. Un hijo es un hijo. Eso pienso yo, con perdón de la tautología.

El perro en cuestión es bajito y ancho, lento para moverse, quizá un poco ciego. Perro de vieja, me digo. Anda por la calle y por la calle andamos nosotras: mi hija y yo. Nos sigue. La nena lo acaricia, él le hace fiesta. Así caminamos, ellos armando una espiral que avanza y retrocede y se enreda; yo calculando el final de la escena, que es lo que hacemos los adultos, parece.

Ocho cuadras nos sigue, espera con nosotras en las esquinas a que cambie el semáforo, estoy tentada de decirle Dale la mano a mami para cruzar. Llegamos a la puerta del departamento y mi hija dice que hay que dejarlo entrar. Que lo va a llamar Julián. Está bien: eso es lo que hacen los hijos.

Acá es donde las madres decimos que no, que por complete-usted-sus-razones no se puede. Pero yo vengo de un día piojoso, mis reservas maternas son menos diez. Abro la puerta y entramos todos.

Muchas veces me dijeron que quería tanto a mi perra (Canela era mi perra en ese momento y sí: la quería tanto) porque no tenía hijos. Y después tuve una hija, y hubo lugar en mi afecto para las dos. La idea me parece una simplificación, una gilada. Tampoco acuerdo con la expresión parir libros, no me representa, no me siento así. Pero por otro lado, las escuelas adoptan libros y los humanos adoptamos perros. Además de niños. Y el lenguaje no es ingenuo, se sabe. Uf.

Mi hija entra a casa y con toda soltura dice: “el Shifu es tuyo y Julián es mío. Es mi hijo”. Y entonces un hijo es un hijo y un perro es un perro, o un nieto.


            2-      Luca

Pasa un mes con dos perros en mi casa. El Shifu es un capo, ni protesta. Julián se acomoda debajo de mi escritorio, ese es el lugar que encontró. Yo me descalzo y le apoyo los pies encima. Lo uso de suplemento, digamos, y de paso le hago mimos. Así escribo. Parece funcionar para los dos.

Una tarde vamos a la plaza: los dos perros, la nena, los patines, Christian, yo. Cuando estamos volviendo, un muchacho que viene en moto por Directorio grita ¡Luca, Luca! El perro reacciona, se produce el encuentro.

El legítimo dueño avisa que Luca anda por la calle, sí, pero siempre vuelve. Ponele una chapita, digo yo como quien no quiere la cosa.

Hace algunos años, en una serie de talleres que hicimos en el RUAGA[1], nos propusieron pensar qué diferencia la filiación biológica de la adoptiva. Me pareció una pregunta importante: hagan la prueba, ninguna respuesta es buena.

Pienso que el proceso jurídico que llamamos adopción visibiliza muchas de las cosas que en la maternidad/paternidad están naturalizadas, pero no son naturales. Porque no hay biología que garantice nada si unos papás no adoptan a un hijo en sus ganas, en su cosacotidiana, bah, digámoslo, en su deseo; si  un hijo no responde a ese movimiento dejándose adoptar, que es como decir: adoptando él a unos padres.

El caso de Luca resultó ser una adopción simple[2]: quince días después estaba otra vez en la entrada de mi edificio. El chico del tercero lo subió hasta mi puerta. Se te había perdido el perro, me dijo. Le agradecí. Luca volvió a quedarse abajo de mi escritorio un par de horas. Después Christian se lo llevó al dueño rock. Ponele una chapita, le dijo. Yo empecé a pensar en escribir.

Un perro es un perro, pero a veces en un perro hay una historia.

            
            3-      Sergio

Mientras trabajábamos en el libro Perra lunar con Vivi Bilotti, se murió Canela. La perra a la que yo quería porque no tenía hijos. Y entonces acompañar esa historia hasta que entró a imprenta fue un poco como parir un libro, aunque no es una imagen que me guste, como dije.


Canela, Shifu, Julián-Luca-Sergio. En ese orden



Hace unos días salimos a caminar. En la calle, de frente, venía una señora con tres correas y tres perros. Uno me reconoció y me hizo fiesta. Luca, dijo Christian. Sergio, dijo la señora.

Después nos explicó que el perro andaba perdido y la había seguido. (Acá abro un paréntesis y digo: no es lo mismo un perro suelto que un perro que está decidido a tener una casa. Sergio no es exactamente un Adonis canino y tiene tres.) Y ella lo dejó entrar. Christian le contó la historia de Luca, pero ella dijo: ahora es Sergio. Y agradeció la indicación del lugar donde vivía el dueño rock. Para esquivarlo, dijo, porque si él no lo cuida...[3].

Julia Kristeva habla de la maternidad simbólica, entiendo yo, como una fuerza generadora y vital, como una potencia enraizada en el cuerpo de los hombres y de las mujeres. Que eso tenga como destino unos hijos (y unos hijos propios, además) es una posibilidad entre otras. Dice "La civilización china –en el taoísmo– define lo materno como el movimiento mismo, la corriente, la vía, ella también sin nombre, anterior a todas las entidades y a todas las relaciones, un proceso de emergencia en el seno del cuerpo propio"[4]. Anterior a todas las entidades y a todas las relaciones. Fa.

Y entonces pienso: quién puede decir, quién puede decidir sobre qué o quién se vuelcan los gestos del amor, los modos del cuidado de alguien, si sobre una causa o un niño o más de uno o un perro o una forma del arte, o sus combinatorias más insólitas, qué, en fin, se vuelve significativo para alguien, tanto como para querer salir de sí hacia afuera y donarse[5].  Y me digo que somos capaces de mucha vida. Los nombres que eso encuentra para cada quien no pueden sino ser una pregunta, una construcción, en el mejor de los casos: una alegría.



[1] Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos
[2] Sin destruir el vínculo con la familia de origen.
[3] Ningún perro/ niño/libro fue herido durante la escritura de este texto.
[4] Puede leerse algo de esto por ejemplo acá: http://www.kristeva.fr/la-traversia-amorosa.html
      [5] Este relato no pretende sugerir que todos deban tener hijos, ni que todos deban tener perros, o libros, ni que deban no tenerlos, ni ninguna de las combinaciones posibles. Tampoco que deba vestirse a los perros con capas y botitas y moños. Este texto, en verdad, no pretende sugerir nada más que los farragosos devaneos mentales de quien suscribe.       
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