libros, perros, niños

          
           1-      Julián

Un libro es un libro. Un perro es un perro. Un hijo es un hijo. Eso pienso yo, con perdón de la tautología.

El perro en cuestión es bajito y ancho, lento para moverse, quizá un poco ciego. Perro de vieja, me digo. Anda por la calle y por la calle andamos nosotras: mi hija y yo. Nos sigue. La nena lo acaricia, él le hace fiesta. Así caminamos, ellos armando una espiral que avanza y retrocede y se enreda; yo calculando el final de la escena, que es lo que hacemos los adultos, parece.

Ocho cuadras nos sigue, espera con nosotras en las esquinas a que cambie el semáforo, estoy tentada de decirle Dale la mano a mami para cruzar. Llegamos a la puerta del departamento y mi hija dice que hay que dejarlo entrar. Que lo va a llamar Julián. Está bien: eso es lo que hacen los hijos.

Acá es donde las madres decimos que no, que por complete-usted-sus-razones no se puede. Pero yo vengo de un día piojoso, mis reservas maternas son menos diez. Abro la puerta y entramos todos.

Muchas veces me dijeron que quería tanto a mi perra (Canela era mi perra en ese momento y sí: la quería tanto) porque no tenía hijos. Y después tuve una hija, y hubo lugar en mi afecto para las dos. La idea me parece una simplificación, una gilada. Tampoco acuerdo con la expresión parir libros, no me representa, no me siento así. Pero por otro lado, las escuelas adoptan libros y los humanos adoptamos perros. Además de niños. Y el lenguaje no es ingenuo, se sabe. Uf.

Mi hija entra a casa y con toda soltura dice: “el Shifu es tuyo y Julián es mío. Es mi hijo”. Y entonces un hijo es un hijo y un perro es un perro, o un nieto.


            2-      Luca

Pasa un mes con dos perros en mi casa. El Shifu es un capo, ni protesta. Julián se acomoda debajo de mi escritorio, ese es el lugar que encontró. Yo me descalzo y le apoyo los pies encima. Lo uso de suplemento, digamos, y de paso le hago mimos. Así escribo. Parece funcionar para los dos.

Una tarde vamos a la plaza: los dos perros, la nena, los patines, Christian, yo. Cuando estamos volviendo, un muchacho que viene en moto por Directorio grita ¡Luca, Luca! El perro reacciona, se produce el encuentro.

El legítimo dueño avisa que Luca anda por la calle, sí, pero siempre vuelve. Ponele una chapita, digo yo como quien no quiere la cosa.

Hace algunos años, en una serie de talleres que hicimos en el RUAGA[1], nos propusieron pensar qué diferencia la filiación biológica de la adoptiva. Me pareció una pregunta importante: hagan la prueba, ninguna respuesta es buena.

Pienso que el proceso jurídico que llamamos adopción visibiliza muchas de las cosas que en la maternidad/paternidad están naturalizadas, pero no son naturales. Porque no hay biología que garantice nada si unos papás no adoptan a un hijo en sus ganas, en su cosacotidiana, bah, digámoslo, en su deseo; si  un hijo no responde a ese movimiento dejándose adoptar, que es como decir: adoptando él a unos padres.

El caso de Luca resultó ser una adopción simple[2]: quince días después estaba otra vez en la entrada de mi edificio. El chico del tercero lo subió hasta mi puerta. Se te había perdido el perro, me dijo. Le agradecí. Luca volvió a quedarse abajo de mi escritorio un par de horas. Después Christian se lo llevó al dueño rock. Ponele una chapita, le dijo. Yo empecé a pensar en escribir.

Un perro es un perro, pero a veces en un perro hay una historia.

            
            3-      Sergio

Mientras trabajábamos en el libro Perra lunar con Vivi Bilotti, se murió Canela. La perra a la que yo quería porque no tenía hijos. Y entonces acompañar esa historia hasta que entró a imprenta fue un poco como parir un libro, aunque no es una imagen que me guste, como dije.


Canela, Shifu, Julián-Luca-Sergio. En ese orden



Hace unos días salimos a caminar. En la calle, de frente, venía una señora con tres correas y tres perros. Uno me reconoció y me hizo fiesta. Luca, dijo Christian. Sergio, dijo la señora.

Después nos explicó que el perro andaba perdido y la había seguido. (Acá abro un paréntesis y digo: no es lo mismo un perro suelto que un perro que está decidido a tener una casa. Sergio no es exactamente un Adonis canino y tiene tres.) Y ella lo dejó entrar. Christian le contó la historia de Luca, pero ella dijo: ahora es Sergio. Y agradeció la indicación del lugar donde vivía el dueño rock. Para esquivarlo, dijo, porque si él no lo cuida...[3].

Julia Kristeva habla de la maternidad simbólica, entiendo yo, como una fuerza generadora y vital, como una potencia enraizada en el cuerpo de los hombres y de las mujeres. Que eso tenga como destino unos hijos (y unos hijos propios, además) es una posibilidad entre otras. Dice "La civilización china –en el taoísmo– define lo materno como el movimiento mismo, la corriente, la vía, ella también sin nombre, anterior a todas las entidades y a todas las relaciones, un proceso de emergencia en el seno del cuerpo propio"[4]. Anterior a todas las entidades y a todas las relaciones. Fa.

Y entonces pienso: quién puede decir, quién puede decidir sobre qué o quién se vuelcan los gestos del amor, los modos del cuidado de alguien, si sobre una causa o un niño o más de uno o un perro o una forma del arte, o sus combinatorias más insólitas, qué, en fin, se vuelve significativo para alguien, tanto como para querer salir de sí hacia afuera y donarse[5].  Y me digo que somos capaces de mucha vida. Los nombres que eso encuentra para cada quien no pueden sino ser una pregunta, una construcción, en el mejor de los casos: una alegría.



[1] Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos
[2] Sin destruir el vínculo con la familia de origen.
[3] Ningún perro/ niño/libro fue herido durante la escritura de este texto.
[4] Puede leerse algo de esto por ejemplo acá: http://www.kristeva.fr/la-traversia-amorosa.html
      [5] Este relato no pretende sugerir que todos deban tener hijos, ni que todos deban tener perros, o libros, ni que deban no tenerlos, ni ninguna de las combinaciones posibles. Tampoco que deba vestirse a los perros con capas y botitas y moños. Este texto, en verdad, no pretende sugerir nada más que los farragosos devaneos mentales de quien suscribe.       
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