tres deseos


...antes de soplar las velitas. Creo que así es como se ingresa socialmente al juego de pedir deseos. No  de pedirle a alguien como quien reza o confía en alguna entidad superior, sino de pedirlos nomás, soltarlos al aire a ver qué pasa. 

También con los panaderos. Este verano mi hija los encontraba de a dos, de a tres, de a cinco en Córdoba, y los traía para que pidiéramos los deseos juntas. Y resultó un buen juego, porque nos deja compartir el momento y a la vez reservarnos lo que pedimos. 

Ni loca me digas, mami, que si no no se te cumple.

La reserva es la condición para jugar de verdad, porque entonces no tenemos que editarnos las ganas. Como no nos hace falta calcular lo adecuado -lo que una estaría dispuesta a contar, lo que la otra podría escuchar- podemos compartir ese instante serio en que las dos buscamos para adentro, antes de soplar con todo el aire de los pulmones.

Y la primera estrella de la tarde, cómo no pedir ahí también. Que sea feliz, que no se enferme. Y a los tréboles: la cantidad de hojas es lo de menos. Que no se aburra de jugar conmigo. Y a las luciérnagas. Que siempre encuentre motivos para seguir deseando.

A mi hija le pareció que podía continuar la lista a su criterio. Así que empezamos a pedir deseos cuando veíamos un picaflor, cuando el agua del río venía manchada de espuma, cuando... Llegó un momento en que casi cualquier cosa alcanzaba. Si tuviera que pensar unas regularidades, diría que eran asuntos de la naturaleza: esos que no ocurren con demasiada frecuencia y que son bellos de ver.

Me conmueve el desparpajo. La facilidad que tiene para pedir, que viene de la mano de saber que no siempre se consigue. Y que no importa, porque se puede seguir pidiendo. Me alivian, me alegran esos lugares donde la encuentro tan cercana y a la vez tan distinta de mí.

En estos días, pedimos deseos cuando vemos caer hojas de los árboles. Tiene su dificultad porque hay que pensar lo que uno quiere antes de que la hoja se apoye en el suelo; si no, no funciona. Pero nosotras ya estamos cancheras.





7 comentarios:

Paula Galdeano dijo...

¡¡Qué placer descubrir otra familia formuladora de deseos!!! Tomo ya la de las hojas del otoño, con total certeza de que se cumplirán si logro hacerlo antes de que la hoja toque el piso. Nosotros también le pedimos deseos a las vaquitas de San Antonio que se nos posan en alguna parte del cuerpo. Llenamos la casa de copetitos, esas flores que las atraen. Y nos damos el permiso de pasarnos la vaquita unos a otros y armar una cadena de deseos. Los de la vaquita se dicen en voz alta: algunos deseos se cumplen mejor si dicen en voz alta. O tal vez sea que somos menos rigurosos en el cumplimiento de nuestras propias supersticiones, no sé.

Florencia Gattari dijo...

Ah, pero qué lindo. Mi hija durante mucho tiempo las llamó "vaquitas de santaonio". Quedan ya mismo incorporadas a la lista!

Iris Rivera dijo...

Tu manera de mirar siempre me queda titilando, Flor.

Laura dijo...

Ay qué hermoso Flor tu texto, pedir deseos, buscar con libertad y que sean inconfesables. Por acá en el patio hay un roble con tantísimos deseos en suspenso y una enredadera con hojas que se ponen rojo fuego. Yo creo que esas valen doble igual que los sombreritos que soltaron bellotas.

Florencia Gattari dijo...

Lindos vos y tu roble, y desear, y las enredaderas. Gracias por la visita.

ileana dijo...

¡Que refrescante es leerte! ¡Siempre!
Yo soy bastante esperanzada de que muchas cosas buenas estan por llegar ( por no decir pedigüeña).
Voy a tomar tambien la idea de las hojas cayendo, espero estar canchera como uds!
Y me animo a sumarte los presagios de buena suerte: dinero en un bolsillo del pantalon que hace dos meses que no usas, un huevo doble yema, una rumba con tres capas de masa (tenemos esa suerte, si). Una vez que uno esta frente a ellos, tiene que entregarse, confiar y descubrir cual es la fortuna que auguraban.
Abrazo grandote.

Florencia Gattari dijo...

Gracias, Ilu! Que siga la lista!

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