lecturas: La analfabeta - relato autobiográfico, de Agota Kristof


La memoria


Me entero por los periódicos y la televisión de que, atravesando la frontera suiza clandestinamente en compañía de sus padres, ha muerto de frío y de agotamiento un niño turco de diez años. Quienes los "pasaban" los dejaron cerca de la frontera. No tenían más que seguir recto hasta el primer pueblo suizo. Caminaron durante varias horas a través del bosque y la montaña. Hacía frío. Al final, el padre cargó con el hijo a su espalda. Pero ya era demasiado tarde. Cuando llegaron al pueblo, el niño había muerto de cansancio, de frío y de agotamiento.

Mi primera reacción es como la de cualquier suizo: "¿Cómo se atreve la gente a aventurarse en viajes así con niños? Tanta falta de responsabilidad es inadmisible." La reacción es violenta e inmediata. Un viento frío de finales de noviembre penetra con violencia en mi habitación bien caldeada, y la voz de mi memoria se eleva en mi interior con estupefacción: "¿Cómo? ¿Te has olvidado de todo? Tú hiciste lo mismo, exactamente lo mismo. Y tu hija era casi una recién nacida."

Sí, me acuerdo.

Tengo veintiún años. Estoy casada desde hace dos años y tengo una niñita de cuatro meses. Atravesamos el límite entre Hungría y Austria una noche de noviembre, precedidos por un pasador de fronteras. Se llama José, lo conozco bien.

Somos un pequeño grupo compuesto por una decena de personas, varias de las cuales son niños. Mi hijita duerme en los brazos de su padre, y yo llevo dos bolsas. En una de las bolsas hay biberones, pañales, ropa para cambiar al bebé; en la otra, diccionarios. Caminamos en silencio detrás de José durante más o menos una hora. La oscuridad es casi total. A veces proyectores y cohetes lo iluminan todo; oímos petardos, tiros. Luego regresan el silencio y la oscuridad. 

Al final del bosque, José se detiene y nos dice: -Estáis en Austria. No tenéis más que caminar recto. El pueblo no está lejos.

Abrazo a José. Todos le damos el dinero que tenemos, al fin y al cabo este dinero no tiene ningún valor en Austria. 

Caminamos por el bosque. Mucho rato. Demasiado rato. Las ramas nos arañan la cara, caemos en los hoyos, las hojas muertas nos mojan los zapatos, nos torcemos los tobillos con las raíces. Encendemos algunas linternas, pero solo iluminan pequeños círculos; y los árboles, siempre los árboles. Sin embargo, ya tendríamos que haber salido del bosque. Tenemos la impresión de estar caminando en círculo. (...)

De repente, una luz potente nos ilumina y una voz dice: -¡Alto!

Uno de los nuestros dice en alemán: -Somos refugiados.

Los guardias fronterizos contestan riendo: -Nos lo imaginábamos. Venid con nosotros.

Nos llevan hasta la plaza del pueblo. Allí hay un montón de refugiados. Llega el alcalde: -Los que tengan niños, que den un paso hacia adelante.

Nos alojan en la casa de una familia de campesinos. Son muy amables. Se ocupan del bebé, nos dan de comer, nos dan una cama.

Curiosamente, son pocos los recuerdos que conservo de todo aquello. Es como si todo hubiera sucedido en un sueño o en otra vida. Como si mi memoria se negara a recordar ese momento en el que perdí una gran parte de mi vida.

Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo, ese día, ese día de finales de noviembre de 1965, perdí definitivamente mi  pertenencia a un pueblo.


Agota Kristof, La analfabeta - relato autobiográfico, Alpha Decay, Salamanca, 2015





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