un cálculo imposible


"Llamo transformación silenciosa a una transformación que se produce sin ruido, y por lo tanto de la que no se habla. Su imperceptibilidad no es la de ser invisible, porque se produce ostensiblemente, ante nuestros ojos, pero no se advierte. (...) En la naturaleza, no oímos a los ríos cavando su lecho o a los vientos erosionando las montañas, pero ellos dibujaron poco a poco el relieve que tenemos ante la vista, y forman el paisaje."

François Jullien, Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis


La escena sucede hace unos años en un hospital público. Somos algunos grandes y muchos chicos en un taller de juegos. Hay gente jugando a la pelota, saltando al elástico, dibujando. Yo estoy cerca de los libros. Un chico se me acerca, debe tener unos ocho años. Agarra un cuento y me dice "Leeme". El cuento se llama Miedo, y es de Graciela Cabal. Entonces yo leo la historia de un nene que tiene mucho miedo, muchos miedos. Que va con miedo hasta la plaza, para darle el gusto a su mamá, y en la plaza se encuentra con que alguien le está pegando a un perro. Un nene que, sin saber qué hacer, con miedo y todo, se para al lado del perro. En silencio. Y logra que la otra persona se vaya. Pero entonces el perro sigue al nene,  y el nene tiene que plantearle a su mamá: "No es de nadie, ¿lo llevamos?" La mamá dice que no pero el nene está decidido. Y se lo llevan. El perro, en la casa, se come todos los miedos uno por uno. Entonces el nene ya no tiene miedo, tiene perro.

Al final de la lectura, el chico que eligió el libro busca una página y me pide que lea de nuevo. Una vez. Dos veces. Muchas. "No es de nadie, ¿lo llevamos?" Yo no entiendo y no importa. Leo. Cuando el taller termina, la persona que lo trajo comenta que ese chico y su hermana están en proceso de guarda con fines de adopción.

Otra situación: una nena, debe tener seis o siete años, está muy enojada con su mamá. Elige Choco encuentra una mamá, de Keiko Kasza. Esta es la historia: hay un pajarito que no tiene mamá y decide buscar una. Le pregunta a la jirafa si puede ser su mamá porque es amarilla como él, pero la jirafa le dice que no porque no tiene plumas. Les pregunta a una morsa y a un a pingüina: tampoco son lo suficientemente parecidas. Choco está triste. Lo encuentra la señora oso, que le ofrece que ella podría ser su mamá, pero Choco ya sabe cómo son las cosas, y le explica que no, porque la señora oso no tiene plumas, ni es amarilla, ni nada. Ella entiende el punto, aunque igual lo invita a comer torta de manzana con sus otros hijos. Cuando Choco llega a la casa de la señora oso, ve que sus otros hijos son un hipopótamo, un cocodrilo y un chanchito. Y se queda a gusto en esa familia que lo recibe.

El librero que me lo vendió dijo en su momento: "Lo llevan mucho para trabajar la adopción". La nena con la que leo, en cambio, me dice: "Este es un libro sobre por qué las hijas son diferentes de las mamás".

Lo que trato de decir es que no sé muy bien lo que pasa entre un libro y un chico, de la misma manera que no sé qué me va a pasar a mí con lo que empiezo a leer cada vez. Es la suerte que tenemos: no se pueden programar las resonancias, las emociones. Por eso un libro que alguien recetaría para superar los miedos puede ser, para un lector, una historia de adopción, y otro libro que trabaja sobre la adopción puede resultar, para una lectora, una historia sobre las diferencias. Y entonces habrá tantos libros como lectores. Hermoso.

La lectura se despreocupa de todas las lógicas del cálculo y la rentabilidad: no discute, es solo que habla en otro idioma. Yo creo que es un idioma de paciencia, de imponderables, de transformaciones silenciosas: me gusta pensar eso.




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