"Para decir el miedo" FILBITA 2013

Para decir el miedo


Escena I

Es enero de 1986, yo tengo nueve años y estamos viajando a La Rioja en un auto que se rompe cada 300km. Maneja mi papá. A él le gusta viajar de noche y a mí también. Mis hermanos duermen, yo me siento en el medio del asiento trasero y miro la cinta negra de la ruta que casi llega hasta las estrellas sin solución de continuidad. Lo único que se distingue son las luces del auto de adelante. De pronto, esas luces hacen un giro brusco a la derecha y dejan de verse. Se meten en el campo. Mi papá se sobresalta, putea, y para el auto al costado de la ruta. Yo no entiendo qué pasa.
Al rato, desde la oscuridad que debe ser el campo veo  venir un señor que se tambalea, que está como borracho. Nos dice: “le di a una vaca”. Mi papá ofrece llevarlo hasta la ciudad, el señor agradece y pide que lo esperemos un momento. Va hacia su auto que yo no llego a ver, metido entre unos pastos altos y vuelve con un cuchillo y una cosa en la mano. Después se sienta en el asiento de atrás entre mi hermano y yo. Me explica que cortó la marca del cuero de la vaca para hacerle un juicio al dueño. Me la muestra. Yo tengo ganas de vomitar.


Escena II

Mismo verano, ya estamos en La Rioja, Capital, instalados en el Hotel King. El hotel King tiene pileta y eso es lo único que importa. Yo nado todo lo que puedo, hace calor.
Es 28 de enero, somos muchos reunidos en el hall del hotel, porque después del Superagente 86 vamos a ver el lanzamiento del Challenger: un cohete, una nave espacial, algo extrañísimo que sucede en Estados Unidos. A mí un cohete no me parece LA gran cosa, pero los adultos están muy entusiasmados, me doy cuenta de eso.
Tampoco me parece nada irregular que el televisor se encienda todo de naranja, que haya fuego. Quizás sea demasiado, aunque cómo saberlo. Los cohetes de la tele son precarios, pocas veces están a la altura de una imaginación frondosa. Pero yo miro las caras más que la pantalla y ahí sí hay algo raro. Unas muecas, un silencio demasiado acusado. Nos explican lo que pasó, pero es tan raro que entiendo y no entiendo.


Escena III

Me regalan un libro. No sé quién, no sé cuándo, aunque no debe haber pasado mucho tiempo más. Sé que en mi biografía lectora este suceso está íntimamente conectado con los otros dos.
El libro se llama “Viaje a los mundos imaginarios” y promete. Mis mundos imaginarios, por otro lado, mi imaginería lectora para entonces está construída sobre todo de los castillos bávaros y austríacos que hay en los libros de Sissí, de archiduquesas espantosas y viajes a la isla de Madeira. La muerte es la muerte de Beth March, en Mujercitas.

Leo el primer cuento. Es de Poe y se llama La máscara de la Muerte Roja.

Empieza así: “Hacía tiempo que la Muerte Roja asolaba al país. Ninguna pestilencia había sido nunca tan fatal ni tan espantosa. La sangre era su avatar y su sello: el color rojo y el horror de la sangre. Había dolores agudos y repentino desvanecimiento, y luego abundante pérdida de sangre por los poros, y muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y en especial en el rostro de la víctima eran el anuncio de la peste, que alejaban a aquella de la ayuda y de la comprensión de sus iguales. Y todo el ataque, el progreso y la conclusión de la enfermedad, eran incidentes de solo media hora.” Fin de la cita. Una sinopsis apretada del cuento podría ser: en esa situación que describe el primer párrafo, el Príncipe Próspero decide encerrarse en palacio con sus amigos y dedicarse a festejar. Dejar a la muerte afuera, podríamos decir. Pero después de unos meses de buena vida, en medio de un baile de máscaras, la muerte, también ella enmascarada, los encuentra y se ocupa da cada uno de la peor manera. Fin de la sinopsis.

Los recuerdos que tengo de esa lectura son de distintos órdenes. Por un lado, sobre la historia:

Un clima de encierro, un enojo con la necedad de los que tienen mucho, cierta cosa de opulencia y de derroche que me ponía de mal humor, un palacio que en mi mente copia la planta de la casa chorizo de mi abuela Lina, con habitaciones de distintos colores, tapices pesados colgando, un reloj que me daba miedo, corridas y gritos y un final difícil, pero también un poco aliviador, como de una cierta justicia poética (que no se llamaba así entonces, pero se experimentaba bastante igual a como se siente hoy).

Pero también hay el recuerdo de unas sensaciones que, desde mis palabras de ahora, nombro así: ningún cuento me hizo esto antes. No sabía que las palabras escritas podían tratarte de esta manera. Me quiero ir, pero no puedo soltar el libro. No lo entiendo del todo, pero tampoco quiero preguntar. Me doy cuenta de que lo que sea que me pasa con este texto es entre estas páginas y yo. Y también de que un poco es para ahora y un poco es para después. Hay una promesa de mundo adulto ahí.

Lo cuento así porque entiendo que este es un episodio de lectura en tres escenas, pero en dos tiempos, al modo en que el psicoanálisis piensa la temporalidad: lo primero modifica lo segundo, sí, pero también, muchas veces algo que ocurre segundo en el tiempo, puede ayudar a leer y a escribir unas cosas que habían quedado pendientes, unos asuntos para los que no había recurso subjetivo en el momento en el que ocurrieron. Apres coup, dicen los colegas.

El relato del circuito completo sería: una nena que lee un cuento, que a su vez le permite leer unas escenas que antes no había cómo anotar. Poe me regala unas palabras para decir el miedo, unas palabras para decir la muerte.

Si en ese momento me hubieran preguntado de qué trataba La máscara de la Muerte Roja, sospecho que yo habría dicho: de cohetes en llamas, de vacas muertas, de hombres que pudieron haber muerto con las vacas.
No soy la misma lectora después de Poe. Más: no soy la misma nena.

*

Vuelvo a leer el texto en estos días y me doy cuenta de dos cosas:
1         1.  La descripción que se hace del palacio no coincide para nada con la casa del pasaje Bacle de mi abuela Lina. Es una pena, pero entre Poe y mi abuela, gana mi abuela. Sigo con mi versión mental.
2       2. Me irrita menos de lo que me acordaba la necedad del príncipe Próspero y sus amigos. Adjudico esto a que voy descubriendo con los años y con no poco esfuerzo que conviene no escupir al cielo o, en un refrán más elegante, poner las propias barbas en remojo. Porque ni somos tan geniales, ni tampoco será la sensatez la que nos salve de la muerte.

Recorto del texto las palabras que Poe me regala hoy para que yo pueda decir otras cosas. Cito:

“En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aun el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar”.  

A veces con un libro no se puede jugar. A veces, un libro te agarra a traición. Eso aprendí yo con Poe.
Y creo que fue un buen modo de enterarse.


noviembre 2013
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